Cuando conocí a Erik e Isabel por videollamada, había una pequeña preocupación.
A Erik no le entusiasmaba precisamente la idea de tener una cámara delante durante todo el día.
Así que les propuse hacer una preboda. Y para que todo resultara más natural y no centrar toda la atención en ellos dos, les propuse que viniera también su perro.
De repente, aquella sesión tenía un propósito mucho más importante que simplemente hacer unas fotografías antes de la boda.
Una tarde en El Saler, un paseo con su perro y la prima de Isabel echándonos una mano con la iluminación fueron suficientes para empezar.
Sin demasiados planes.
Solo tiempo para hablar, hacer algunas fotografías y conseguir que, cuando llegara la boda, yo ya no fuera un desconocido apareciendo con una cámara.
Y funcionó.
Cuando llegó el día de la boda, aquella primera barrera ya la habíamos dejado atrás.
No te puedes imaginar lo que puede salir de una idea contada a tiempo.