Y así, semanas más tarde, nuestra historia empezó precisamente allí.
Ángela preparándose en aquel salón de la Masía de Lacy, rodeada de su madre y de sus amigas.
Quizá por eso me gusta tanto conocer los lugares antes de una boda.
No siempre aparece una idea.
Pero cuando aparece, puede cambiar una parte de la historia.
Después nos desplazamos hasta Sagunto para la ceremonia.
Y allí hubo algo que me llamó especialmente la atención.
Las miradas entre Ángela y Paco.
A veces no hace falta que ocurra nada extraordinario delante de una cámara. Basta con observar cómo dos personas se buscan entre toda la gente que tienen alrededor.
Sus amigos también tuvieron mucho que decir.
Literalmente.
Los discursos de algunos de sus mejores amigos consiguieron provocar sonrisas y, unos segundos después, alguna que otra lágrima.
Y después volvimos a la Masía de Lacy.
Solo que esta vez Ángela y Paco ya estaban casados.
La entrada a la cena dejó bastante claro cómo iba a continuar aquello.
Prácticamente nadie permaneció sentado.
Hubo abrazos, risas, gritos de “¡Vivan los novios!” y esa energía que empieza a extenderse de una mesa a otra hasta que resulta imposible saber dónde mirar primero.
En algún momento de la cena, Ángela tomó la palabra.
Esta vez era ella quien tenía algo que decirle a Paco.
Y después de sus palabras llegó la fiesta.
O quizá debería decir:
la locura.
La pista se llenó.
Los amigos bailaban. Los mayores bailaban. Ángela y Paco bailaban.
Y durante horas dio exactamente igual la edad que tuviera quien estuviera allí.
Todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo en una sola cosa:
aquella boda había que disfrutarla hasta el final.
Nosotros también nos quedamos hasta el final.
Y cuando llegó, todavía parecía demasiado pronto.
Pero se acabó.
Después de los preparativos, la ceremonia, las lágrimas, los discursos, la cena, los abrazos, los gritos y una pista de baile que apenas dio descanso, ya no quedaba mucho más que contar.
Solo una boda de esas de las que cuesta marcharse.