Después de Granada, del «sí, quiero» en el Ayuntamiento y de todo lo vivido durante la fiesta previa, llegó el sábado.
Pero para entonces ya habían sucedido muchas cosas.
Muchos de los abrazos ya se habían dado. Los amigos se habían reencontrado. Las familias habían tenido tiempo para estar juntas. Y yo ya había podido observar quién era quién, cómo se relacionaban y qué personas eran especialmente importantes para Jara y Juanjo.
El sábado no empezábamos desde cero.
Empezábamos con una historia que llevaba varios días ocurriendo.
Llegaron los preparativos, la ceremonia, las felicitaciones, la celebración y una fiesta en la que ya nadie necesitaba presentaciones.
Y mientras Jara y Juanjo vivían todo aquello desde dentro, alrededor seguían sucediendo pequeñas historias que ellos no podían ver.
Miradas entre sus padres. Amigos celebrando por su cuenta. Abrazos. Lágrimas. Gente riéndose en otra esquina.
Todo aquello que ocurre al mismo tiempo y que también forma parte de una boda.
Por eso, cuando pienso en la boda de Jara y Juanjo, no pienso únicamente en el sábado.
Pienso en Granada y en la Alhambra al fondo. En Pampaneira. En aquel pequeño «sí, quiero» del viernes en el Ayuntamiento de Cardeña. En una tarde vestida de blanco. En los vídeos, en las lágrimas de Juanjo y en Jara a su lado.
Y después, sí.
Llegó el sábado.
Porque algunas historias sencillamente necesitan más de un día para ser contadas.