Después de la ceremonia llegó el cóctel.
Abrazos, conversaciones, copas y toda esa gente que había venido para estar con ellos.
Hasta que llegó el momento de entrar al salón.
Y aquello no fue precisamente una entrada discreta.
Ariel y Rafa entraron con prácticamente todos sus invitados de pie, las servilletas agitándose por encima de las cabezas y el salón convertido durante unos minutos en una celebración difícil de controlar.
Exactamente como tenía que ser.
A partir de ahí ya no quedaba demasiado que organizar.
Solo disfrutar.
Y para mí, seguir mirando.
No solamente a Ariel y Rafa.
También a sus padres, a sus amigos, a quienes habían venido desde lejos y a todas esas pequeñas historias que estaban ocurriendo mientras ellos estaban ocupados viviendo la suya.
Porque después de una preboda, una fiesta previa y una boda, lo que queda no son tres sesiones diferentes.
Queda una sola historia.
La suya.